Africa, Medicina Catastrofes, ONGs
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Los primeros muertos por inanición de la actual crisis mundial de alimentos se producen en estos momentos en el sur y el oeste de Etiopía. El número de familias que acuden a la unidad de emergencia de Shashamane, a 250 kilómetros al sur de Adís Abeba, ha subido de tres a 50 al día, explicaron portavoces del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en la capital etíope. Unicef calcula que 150.000 niños pueden morir en las cuatro próximas semanas.
Sequía y cosechas fallidas son las causas inmediatas de la carestía. Pero una subida del 150% del precio de los cereales - principal fuente de calorías de la mayor parte de los etíopes- ha ido minando la resistencia de todos. Y más grave que nada es el encarecimiento brutal del tef, del cual se elabora la injera,pan gomoso que es el alimento básico de todos los etíopes.
La hiperinflación del tef -que sólo se cultiva en Etiopía- se produce, curiosamente, en un momento en que empieza a despertar el interés de la lucrativa industria dietética en Europa y Estados Unidos. El tef “es maravilloso, es el grano del futuro”, dijo Hans Turkensteen, consejero delegado de la empresa holandesa Soils and Crop Improvement, que pretende patentar productos elaborados con tef. “No tiene gluten y si lo comes pierdes peso y reduces colesterol”, añadió Turkensteen, que ya comercializa una nueva línea de galletas adelgazantes hechas con tef.
Etiopía, con 80 millones de habitantes, el 85% rural y el 10% dependiente de forma permanente de ayudas alimentarías, conoce de sobra las hambrunas. La primera se registró en el siglo XIX y hace veinte años más de un millón de personas murieron de hambre.
Pero en el pasado -consecuencia de guerras, desplazamiento de población y sequías devastadoras- estaban concentradas en determinadas regiones del país, siempre rurales. Ahora la gente pasa hambre hasta en Adís Abeba, a escasos metros del suntuoso hotel Sheraton, el más lujoso de África. “Yo tengo trabajo y una buena vida, pero estos son los tiempos más terribles que conozco - dijo Wudneh Mangasha, mecánico de coches de 65 años, con seis hijos-. Hay gente muy hambrienta, y si sigue así morirá”.
La hiperinflación del tef se produce pese a una buena cosecha y a que no se comercializa en mercados internacionales. Sustituto de otros cereales que sí son mercancías internacionales, el tef sigue su trayecto inflacionista. Es más, la subida de la gasolina aumenta el coste de trasportar alimentos, así como fertilizantes. Y en un país sin excedente de cereales cualquier crisis desencadena especulación. “Las granjas comerciales acaparan; las familias de renta media-alta también”, explicó el comerciante Zenebe Dechasa, cuyo Toyota Carina rojo contrastaba con decenas de burros de transporte de los campesinos que llegaban al Mercato. Los acaparadores “se comportan exactamente como deberían en un mercado libre con demanda sostenida y oferta escasa”, afirma Raj Patel en su nuevo libro Obesos y famélicos.
Con baja productividad agrícola y una población que alcanzará los 130 millones en el 2020, Etiopía es la pesadilla de quienes, al igual que el economista Thomas Malthus en el siglo XIX, temen que la producción de comida no podrá con el crecimiento demográfico. Pese al éxito inicial, la llamada revolución verde - en los años sesenta y setenta, cuando los rendimientos en África subían el 4% al año-, la tecnología de fertilizantes, pesticidas y supersemillas ha fracasado y los rendimientos han vuelto a los niveles anteriores. “Incluso en los mejores años Etiopía no genera suficiente excedente”, dice Mafa Chipeta, representante de la FAO, la organización para los Alimentos y la Agricultura.
Raj Patel y los defensores de estrategias de soberanía alimentaria proponen recuperar lo bueno de la revolución verde - apoyo estatal a las granjas pequeñas, reservas de cereales y autosuficiencia nacional y regional- sin lo malo: dependencia de fertilizantes, pesticidas y semillas de multinacionales como Monsanto.
Pero este plan frustraría los planes no sólo de Hans Turkensteen sino de Bill y Melinda Gates, que han donado cien millones de euros para idear la nueva revolución verde en África con la colaboración del ex presidente de Monsanto. Si sigue adelante, la nueva revolución tecnológica supondrá con toda seguridad un papel menor para el tef. Porque, aunque sea el cereal del futuro en los países del sobrepeso, “tiene baja productividad y reducidas posibilidades de manipulación genética”, dice Chipeta.
el mundo
Dr. Ricardo Villanueva @ June 17, 2008
Varias
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Un periodista de La Voz permaneció tres días en la unidad de Observación del Juan Canalejo. En su relato se mezclan lo duro de su situación con la abnegación de sus trabajadores
Miguel Sande 13/6/2008
Fue una experiencia dura, dura de verdad. Tres días con sus noches en Observación, en el área de Urgencias del Hospital Juan Canalejo -los pasados 28, 29 y 30 de mayo; esta última jornada coincidió con la inauguración de la nueva UPI (unidad de Preingresos)-. Tres días en el lado amargo de la vida: el del sufrimiento. Había, además, saturación; un trasiego incesante de accidentados y enfermos.
Primer día. Huele a enfermo nada más entrar. La sala de Observación, amplia, dividida en estancias abiertas con zonas para hombres y mujeres, está repleta; no hay camas. A los últimos nos acomodan en sillones numerados, me toca el 11. A mi lado, en el sillón número 10, está un joven inquieto; muy nervioso. Tiene los ojos como en sangre. Le repiten que se ponga la camisola de hospital pero pasa de las indicaciones, anda de aquí para allá; come y en un descuido se va; escapa con la manzana de postre en la mano.
Después de una larga espera de más de dos horas un médico joven y atento me lleva al final de la sala hasta una habitación cerrada con dos camas, una está libre; en la otra yace un cadáver. Lo asume con naturalidad. Optamos por otra habitación próxima para la exploración. De vuelta al sillón número 11, dos agentes de policía custodian a un enfermo con esposas. Los demás estamos sujetos cada cual a una bolsa de suero. En ese sillón echo desde el mediodía hasta las 2.30 de la madrugada. A esa hora se dispone de una camilla más al pie de cuatro camas. Lo agradezco. La necesidad obligaría de madrugada a empujar aún mi camilla contra la pared del fondo para hacer sitio a otra con un transeúnte polaco, atado, debido a su estado de ansiedad y excitación. La primera noche entre quejidos y algunos vómitos de enfermos parece no tener fin. Llueve contra la ventana ciega y no sé de dónde caen algunas gotas. Se repiten gritos de dolor toda la madrugada; alguien delira y llama una y otra vez por un tal Sergio; tenemos a Sergio, Sergio, Sergio, fijado en la frente. No se rinde. De madrugada sigue el transitar de camillas con enfermos; realmente, apenas se distinguen la mañana de la tarde y la noche; al final a uno lo vence el cansancio.
Segundo día. Me despiertan los vómitos de un anciano en la cama de al lado. Se quita la camisa del pijama y queda en pañales. Amanezco con un conejo lleno de orina sobre una repisa. Aquí uno se va orientando por los turnos del personal sanitario más que por el reloj. Esos turnos son los que marcan el ritmo y el tiempo. A mi alrededor cambiaron casi todos los enfermos, salvo el mendigo polaco que sigue atado a su camilla. Atravesar este espacio de urgencias para ir al lavabo es ir viendo una sucesión de penurias hasta casi la puerta misma del servicio.
Dignidad
Llega un momento en que dejas de ver, supongo que cuando uno está a punto de sentir que se pierde la dignidad. La dignidad se pierde, tienes al menos esa sensación, cuando dejas la ropa en la inseparable bolsa de plástico. Pero vas a luchar contra esa sensación hasta el último momento, aunque por sujetar en lo alto la bolsa de suero más de una vez los pijamas caigan hasta los pies.
El olor. Esa mezcla a orina y a sudores. A enfermedad. Difícil de olvidar. Las enfermeras son atentas; cercanas. Tienen mucha paciencia, cumple decirlo; deben tenerla. Me sorprende que en el mostrador situado en el centro de la sala el personal sanitario esté preparando una fiesta, por lo que pude oír, y organizando lo que tiene que aportar cada cual en pinchos con total naturalidad. Extraña que en ese ambiente a alguien le apetezca hablar de comida. Será la costumbre, imagino. Algo semejante nos ocurre a los periodistas con los sucesos. El cuerpo acaba por adaptarse y se sobrepone e incluso aquí se acaba sintiendo al final el hambre. Las visitas están restringidas. Aquí vale, sobre todo, la fortaleza de uno mismo. Por la tarde abandono la camilla en la que dejo incrustados parte de los huesos y paso a una cama. Es todo un avance. Al menos psicológico. En la cama de al lado, a mi derecha, está un joven con la cara ensangrentada, profundamente dormido; viene un par de veces el psiquiatra a intentar hablar con él. A la otra cama traen a un anciano en coma. Me impresiona su respiración ruidosa, de máquina, a veces lo convulsiona.
Naturalidad
El polaco atado a la camilla no cesa de gritar. A la última cama, en esta misma fila, llega un accidentado en un siniestro de tráfico. Se precisa ser fuerte. La vida también debe ser esto. Ayuda, fíjense, la naturalidad de las enfermeras ante este panorama. Primero sorprende, después ayuda.
Anochece por la ventana ciega cuando se une otra camilla con un joven negro, que intenta levantarse una y otra vez, y acaba golpeándose la cabeza contra la pared. Jamás creí que sería capaz de dormir en una situación así, pero al final te rindes ante el cansancio. Sucumbes.
Tercer día. Me despiertan las voces del personal sanitario junto al mostrador. Hay bullicio, un movimiento extraño; inquietud. Y ruido. Están llevándose los sillones numerados de la entrada; el sillón número 11 y diecinueve sillones más. Venía la conselleira a inaugurar la nueva UPI y donde estaban los sillones lo ocupan ahora las mesas auxiliares en las que comen los enfermos, debidamente encajadas unas en otras.
Había desplegadas cortinas en la zona habilitada para las mujeres enfermas ante la posibilidad de que la conselleira visitara esta sala de Observación. Y ambientador. No vino. O no la vi. Un joven, hijo del anciano en coma, lo llama inútilmente, pero aun así insiste. El hombre solo se convulsiona. Cuando el joven marcha, el hombre desnudo, que tiene las manos atadas para que no se arranque el pañal, casi se ahoga en su vómito. Su estado arranca un lamento incluso de una joven facultativa que lo atiende. Las auxiliares que lo cambian bromean con una compañera que llega de turno ante la situación que le espera. Aun así el anciano no pierde su dignidad. Mientras luche, aunque sea en pañales, a las puertas de la muerte.
Salir
Otro anciano, malhumorado y mal paciente, se empeña en vestirse y marchar; acaba agrediendo a una enfermera. La agarró por el cuello y vienen a reprenderle los guardias de seguridad. Un tercero invita a La Solana a la auxiliar que le está cambiando el pañal y la sábana. Noto que estoy al límite de mi capacidad; es el tercer día aquí y me parece estar preparado -erróneamente, claro- para ir a una contienda, pero no para seguir en esta sala. Comienza a faltarme la fuerza, sujeto a la bolsa de suero. Al fin escucho mi nombre. Voy a salir de esta sala.
Viene la fuerza; el ansia. Hasta la sonrisa. Miras al anciano en coma, ajeno, forzando el respirar de máquina, y aguantas. Aguantas hasta que al fin hay cama en planta. Sales y parece que te lleven al paraíso.
Allí, en la décima, anoto estas líneas. Es la crónica de una experiencia dura, acaso por primeriza; seguramente la situación haya cambiado ya con la nueva UPI. He de agradecer la atención sanitaria y médica.
PUBLICADO POR La Voz de Galicia
Dr. Ricardo Villanueva @ June 15, 2008
Varias
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No es cosa de los 80 ni de suburbios de ciudades obreras británicas. Hasta 90 personas murieron en la ciudad de Barcelona el pasado año por sobredosis de heroína, lo que convierte a esta droga en la primera causa de muerte en hombres de entre 15 y 40 años.
Los datos, adelantados por la Cadena Ser, revelan que este opiáceo ha superado en mortalidad en la capital catalana a otros factores tradicionalmente dominantes, como son los accidentes de tráfico o los suicidios. La estadística, además, rompe con una tendencia bajista de tres años y pone de actualidad una situación que parecía superada.
El director general de Drogodependencias y Sida del Departament de Sanitat, Joan Colom, manifestó que la heroína ha pasado “de la estigmatización a la invisibilidad” e hizo hincapié en la situación que viven los adictos de larga duración a esta sustancia, unos 5.000 en Barcelona.
Los datos que tiene la Generalitat confirman que la edad a la que se empieza a consumir heroína está entre los 20 y 25 años y que algunos sectores desfavorecidos, como el de los inmigrantes sin papeles o personas adictas a otras sustancias, se cuentan entre los nuevos consumidores.
Colom se felicitó por programas de la Generalitat como el suministro de metadona y agujas o la instalación narcosalas que, según dijo, han mejorado la calidad de vida de estas personas.
Los datos que maneja Sanitat muestran que este tipo de enfermos tienen un índice de curación superior al de otras enfermedades crónicas como la obesidad, la hipertensión o la diabetes.
ALBERT MARTÍN VIDAL - Barcelona . Diario Publico
Dr. Ricardo Villanueva @ May 28, 2008